El Senado francés ha aprobado un proyecto de ley para proteger los derechos de imagen de los niños ‘influencer’. Así, se pretende proteger a los menores que aparecen en las redes sociales. Los abogados advierten de que es muy difícil tener un control absoluto sobre las imágenes que se mueven en la red.

Menores en la red
Menores en la red

El Senado francés ha presentado antes del verano un proyecto de ley para la protección de los derechos de los niños influencers, que pretende regular la «explotación comercial» de imágenes de jóvenes menores de 16 años, con el fin de proteger la intimidad y el honor de los menores en fase de desarrollo.

Así, se pretende cubrir un vacío legal y regular la gestión de los beneficios que se generan a través de las imágenes difundidas en las redes sociales. Los derechos de los niños que aparecen en el cine, la televisión y otros espectáculos están regulados, pero a eso quieren añadir el caso de influencer. De entrar en vigor la ley, la Comisión de Animaciones Infantiles debería aprobar todo uso de imágenes de niños menores de 16 años. Los responsables de redes sociales y plataformas digitales deberán crear protocolos para informar sobre el uso de una cuenta y elaborar un sistema de identificación y advertencia de fotos y vídeos de menores.

La ley quiere responder a un fenómeno que se ha multiplicado a toda velocidad, pero no será un trabajo fácil establecer garantías. De hecho, Internet es una herramienta muy rápida y en un solo clic y muy fácil de difundir cualquier imagen. Además, la red es mundial y el sistema de justicia de cada país es diferente, por lo que las medidas legales que se pueden adoptar también son locales.

Cada vez más famosos, ricos y numerosos. El número de influencers ha crecido a gran velocidad en los últimos años, con la proliferación y expansión de las redes sociales. Influencer cuenta su vida cotidiana en las redes sociales, y cuanto más famosos y conocidos, mejor. Son acicate de las marcas y influyen notablemente en las decisiones de consumo de los ciudadanos. Son referentes de muchos.

También en el caso de los niños, son muchos los que promocionan en las redes sociales juguetes, dibujos animados y videojuegos. Estos jóvenes usuarios se han convertido en cantera de muchas marcas, porque los productos específicamente infantiles son vendidos por niños. Las marcas ganan grandes cantidades de dinero gracias a estas promociones, que tienen un notable seguidismo e influencia. La imagen es la base de los instrumentos y de la actividad y, en principio, uno decide el contenido de los vídeos y fotografías que pone. Sin embargo, cuando son niños, ¿qué capacidad de decisión tienen? ¿Dónde está el control sobre el contenido que generan y ponen?

Cuando las fotos y vídeos que se colocan en las redes sociales se sumergen en el mundo digital, entran en la zona ajena al control del emisor. Saltan de la parte física a la tecnológica y se pueden desplegar en cualquier parte, en cualquier momento y como sea.

Por ley, ya hay establecidos ciertos límites. La ley que regula la protección de datos personales de la Unión Europea establece en 16 años el límite para la gestión individual de las redes sociales. Es decir, los niños menores de 16 años no pueden tener cuentas gestionadas por sí mismos en las redes sociales. Por otro lado, cada país tiene la posibilidad de aliviar esa frontera. Por ejemplo, en Hego Euskal Herria el límite está establecido en 14 años, y en Iparralde el mínimo es de 15 años. La realidad, sin embargo, es más complicada. Jesús Soler es director jurídico de la consultora Global Factory y abogado especializado en la protección de datos personales. Advierte de que no hay recursos para cumplir este límite: «Los gestores de las redes sociales han venido explicando que, aunque tienen filtros, es fácil superarlos y cumplir estrictamente ese límite de edad es muy difícil». Además, en lo que respecta a la ley comunitaria, por ejemplo, si esta red social se ha creado en un país que está al margen de ese marco jurídico, se aplicará la ley de ese país.

Éxito de los menores

Los datos son reveladores. Según datos publicados por Unicef, el 33% de los usuarios de redes sociales del mundo es menor de edad. Ryan, por ejemplo, es un niño estadounidense de 7 años que tiene su canal de Youtube desde los 3 y que abre y muestra juguetes en el canal llamado Ryan Toy. Gana 11 millones de dólares (9.276.047 euros) al año. Tiene más de 15 millones de suscriptores. MattyBRaps, de 11 años, pone canciones en Youtube. Adquiere 120.000 dólares (101.189 euros) al mes y tiene 50 millones de suscriptores en su canal. Hay numerosos casos similares en el mundo y, normalmente, ese dinero lo gestionan los padres.

Soler ha advertido de que, aunque la ley hace algunas precisiones, la limitación del abuso puede ser bastante difícil

Lo que la ley establece es que si se vulnera el derecho del menor, o se malversan esas imágenes, la fiscalía puede intervenir

No obstante, cree que en el caso de los padres es muy difícil medir cuándo se produce el «abuso», especialmente en el ámbito digital.

Parece que en el mundo físico las líneas rojas están más claras, pero en el caso de la imagen digital la frontera entre lo adecuado y lo inadecuado es muy difusa

Ana Isabel Pérez, profesora de la facultad de Derecho de la UPV, explica que existe una precisión que refuerza la protección: «Aunque el uso de una imagen sea permitido, si se considera que la difusión de esa imagen ha vulnerado el buen nombre y el honor del niño, o es contraria a sus intereses, es un uso ilegítimo».

La interposición de una denuncia formal podría ser la vía más eficaz para proteger los derechos de los menores. Porque no sólo la ley de protección de datos personales protege a los niños, sino también la ley de derechos de los menores. Ha habido algunos casos en el mundo. Por ejemplo, una chica austriaca denunció a sus padres nada más cumplir los 18 años, ya que la joven encontró en Facebook más de 500 fotos de su infancia. Pidió a sus padres que borraran las fotos, pero no las borraron y finalmente las denunció en base a la ley de protección de datos personales. Y es que, siendo mayor de edad, el joven tiene plena competencia para gestionar la difusión y el uso de su imagen.

Hay niños que llegan a influencer a través de sus padres y otros que encuentran ese mundo por sí mismos. El azkoitiarra iban García (Gipuzkoa) conoció la plataforma Youtube en 2011, cuando tenía 11 años. «Empecé a cargar vídeos a sabiendas, en salsa», explica García. Así, encontró el mundo de las redes sociales sin pensarlo dos veces y sin saber bien qué hacía. Poco a poco empezó a crecer su instinto de influencer. «Luego, vi que la gente se grababa en casa y pensé: ¿por qué no?». Recuerda que mantuvo «en secreto» su carácter digital y que también contó poco a sus padres. García tiene 21 años y más de 104.000 seguidores en Instagram.

Aunque en general cree que nadie le ha vulnerado alguno de sus derechos, es consciente de los riesgos y amenazas que existen en la red. «Es verdad que cuando yo empecé el mundo Influencer era bastante desconocido y la gente no entendía lo que estaba haciendo». De hecho, la difusión de la imagen también puede afectar al entorno cercano. «Al principio, sobre todo, lo pasé bastante mal porque recibí muchas críticas de conocidos y/o compañeros. Luego aprendí a dejar de lado esas críticas «. En el caso de García, como sus padres no supieron nada al principio, no ha habido ninguna manipulación. «Yo también me he animado, participo con mi hijo en los vídeos y esa es una forma de protegerle». Aizpuru siempre ha visto con buenos ojos la actuación de su hijo, ya que cree que está «a gusto». Pero tiene inquietud y reconoce que sobre todo al principio tenía muchas dudas. «Era un mundo totalmente desconocido para mí y, sí, la desconfianza que me generaba y todavía tengo un punto de miedo; yo siempre le digo: ‘¡Iban, las piernas en el suelo!'». A Aizpuru le preocupa que alguien le estafe a su hijo, por ejemplo.

García ha asegurado que siempre ha tenido a su lado a su madre y que, por lo tanto, ha sido ella la que se ha marcado «los límites». «Con las marcas, por ejemplo, ahora tengo muy claro que solo promoveré productos que yo utilizaría, cuando era más joven me deslumbraba más fácilmente». García también tiene un mánager desde los 16 años, que ejerce de mediador entre las marcas y el joven. «También es una forma de cuidar mi imagen, porque no es muy decente que sea yo mismo quien vaya a negociar con las marcas». Cuando era menor de edad, no había intercambio de dinero con marcas y hacía anuncios de promoción a cambio de adquirir productos.

En general, García está contento con el camino recorrido y cree que ha aprendido en acción. «Hay cosas que ahora cuido a conciencia: yo decido qué quiero dar a conocer y en qué intimidad guardarme; por ejemplo, los problemas personales, mis amigos, mi hermana… nunca aparecen en mis vídeos». De las experiencias ha aprendido: «Recuerdo que una vez, a disgusto, grabé el portal de mi casa. Cargué el vídeo y, luego, vino gente a mi casa a tocar el timbre, desde entonces analizo con cautela qué aparece en el vídeo «.

Formación y conocimiento

Pérez cree que no sólo hay que centrarse en la adaptación y adaptación de la ley, sino también en la educación. «Sería importante hacer un trabajo de concienciación, trasladar información sobre el tema a niños y jóvenes». Además, Pérez cree que no hay responsabilidad colectiva sobre el problema: «Hay que investigar más sobre el tema y darle visibilidad; la sociedad no está asumiendo el problema».

Soler cree que, aunque la ley puede ayudar, es casi imposible tener un control completo, por lo que explica que hay que medir bien los beneficios y perjuicios de la difusión de estas imágenes infantiles:

Hay que poner en la balanza, a ver hasta qué punto vale la pena arriesgar, a ver si desde el punto de vista de la protección de los menores merece realmente la pena difundir esas imágenes